miércoles, agosto 27, 2008

Jugar hasta la victoria siempre (Historias del fútbol)


Nació al calor de la crisis del 2001-2002, como un lugar de contención para los pibes más humildes de José C. Paz y San Miguel. Como en la liga local no les permitieron el nombre, se rebautizaron como Elche, homónimo del club español.

“Nos pidieron que tapáramos la cara del Che. Entonces, les pusimos unos ‘velcros’ a las remeras, con un parche de tela.”
Todavía con el eco de las cacerolas y el país en carne viva, en los albores de 2002, cuando hasta los Planes Jefes y Jefas se exiliaban de los hogares más castigados del conurbano bonaerense, un puñado de vecinos comenzó a reunirse en el límite de San Miguel y José C. Paz, con el fin de armar un proyecto social para contener a sus pibes. El puntapié inicial fue golpear la puerta del club barrial más cercano, Parque Jardín, para que todos los chicos pudieran tener la oportunidad de jugar ahí, pero jamás se abrió, “porque según nos dijeron, muchos de los pibes no alcanzaban el nivel futbolístico que se requería para competir”, recuerda Omar Sosa, uno de los emprendedores de esa iniciativa. Y fue entonces que nació un nuevo club, sobre la basura de un terreno baldío lindero al que los había rechazado. Por qué no, se preguntaron ese día. Por qué no fundar un nuevo espacio comunitario, con las puertas abiertas para todos. “Y por qué no llamarlo El Che”, se preguntó Omar Sosa. “Si hay un club que se llama Colón y otro que es Deportivo Roca, en alusión a un genocida, ¿por qué no tomar el nombre de una persona que simboliza la solidaridad y la lucha de los pueblos?”, insistió, y el círculo de padres adhirió. Hoy el Club Social y Deportivo El Che brota sobre las tierras del viejo basural, alumbrando la sombra del club vecino, en la esquina de Pichincha y Rivadavia. Allí juegan unos cien chicos, en distintas categorías, desde los 6 a los 15 años.
A la hora de enfrentar el escritorio de la Liga Municipal de José C. Paz, para anunciar que “El Che” tenía equipo, aquel sueño de Omar, junto a Jesús Gómez, Walter Farías, Javier Domínguez, Diego Ojeda, Adriana Salazar, Orlando Medina y algunos vecinos más, encontraría su primer traspié. “Nos inscribirnos con nuestro nombre –recuerda Sosa–, pero el día del sorteo del fixture nos enteramos de que estábamos anotados como Defensores de Parque Jardín. Alguien ahí nos rebautizó y, cuando preguntamos por qué, no nos dieron respuesta y nos ofrecieron camisetas gratis si usábamos otro nombre. El argumento era que no podíamos participar así, porque le estábamos dando un tinte político a una liga deportiva.” Como si prohibir el nombre del Che no se lo diera, el debate se sostuvo unos días, hasta que Omar sugirió otra opción: “Les propuse que usáramos el nombre de un equipo de España y dijeron que sí, porque se imaginaron que íbamos a ponerle Barcelona o Real Madrid”. Pero no. Elegimos el nombre de un equipo de Alicante: Elche. Y así quedamos fichados. Para ellos es ‘Elche’. Para nosotros, es ‘El Che’”.
Formalmente, todavía no se había presentado la otra insignia de la identidad futbolera, la camiseta. De fondo rojo, con vivos negros y sin publicidad, luce en el pecho la foto histórica de Korda al rostro del Che. “En la previa del primer partido, nos avisaron que no podíamos jugar con esta camiseta. Y como insistimos, nos pidieron que tapáramos la cara del Che. Entonces, les pusimos unos ‘velcros’ a las remeras, con un parche de tela que los pibes se sacaban no bien terminaba el partido. Después se fueron saliendo esos ‘abrojos’, y eso llevó a preguntar de nuevo el porqué de la prohibición, pero como ni ellos lo saben, quedó así”.
Los mecanismos del financiamiento genuino que tiene el club están en vidriera un domingo cualquiera, cuando El Che juega de local. Un padre llega a las 7 de la mañana para pintar las canchas. Una madre va a comprar las bebidas que se van a vender. Y en el fuego, varios vecinos pelean por darles color a los chori, mientras otros se encargan de cobrar una entrada de 3 pesos a quien pueda abonarla. Con esos fondos, se pagan las pelotas, las camisetas y los boletos para viajar de visitante, además de los 200 pesos mensuales para los trofeos de fin de año y los 140 que le deben pagar al árbitro, en cada partido como anfitriones.
“Todo se comparte en este club, porque nosotros para empezar compartimos pobreza, y eso lo pueden ver. No tenemos ayuda económica y posiblemente nunca la tengamos. Cuando hay un acto político-partidario, ni nos mandan micros para ir, porque no estamos de acuerdo con esa lógica y, al estar casi fuera de ese sistema, se hace difícil todo.” Seguirá siendo difícil, dice Javier Domínguez, mientras las propuestas pretendan violar el protagonismo comunitario que le da vida al club: “No vamos a cambiar un sponsor por la cara del Che. Preferimos seguir remando, sin negociar nuestra identidad”.
Calles de tierra marcan las arterias de San Miguel en los alrededores del club, que todavía no tiene vestuarios, ni buffet. “Al lado sí tienen todo eso, y por eso los chicos guardan cierto recelo de no haber podido jugar ahí. Se hizo una especie de clásico, pero nos llevamos bien y tratamos de convivir porque somos vecinos”, resalta Omar, que para graficar la infraestructura de su club apela al clásico “estamos en la lona”. Pero en este caso es literal. Una lona blanca marca los contornos del predio los días de partido, envolviendo la cancha y el mural con la cara del Che que da la bienvenida al potrero.
“Estamos justo en el límite de San Miguel con José C. Paz, aunque en realidad es el centro, el centro de la pobreza de dos barrios marginados, que nos encontramos aquí en el medio de la crisis a la que nos llevó el neoliberalismo”, explica Sosa. Y mientras camina por la tierra del potrero, entre los gritos de los pibes y el humo de los chorizos, aclara que “siempre les pedimos que saquen fotocopias del boletín escolar y, si uno decae en la escuela, va al banco. La tabla de posiciones no la miramos mucho, porque no trabajamos para eso. Quizá no salgan pibes para Boca, ni para River, pero creemos que estudiar es un modo de liberarse.”
Camino a la liberación, la construcción es incipiente, y eso también es un problema. “Más que fútbol, preferimos dar clases de apoyo de matemáticas o lengua, pero al no tener un espacio físico cerrado, no es fácil: tenemos que ir a la casa de los chicos”, dice Omar, que frena el relato para controlar el fuego de la parrilla y lo retoma para afirmar que “la idea es hacer un taller, que sirva como vestuario y como salón para cumpleaños o velatorios. Pero eso sale plata”.
Todo el capital es el trabajo vecinal y colectivo. Sobre todo, colectivo: “Para ir de visitante, muchas veces subimos a los bondis y decimos que se nos rompió el micro, porque no tenemos para viajar. Depende de la buena voluntad del chofer, pero lo bueno sería que alguien se hiciera cargo de los pibes, y no sólo de los nuestros”.
Poco a poco, El Che también se convirtió en un espacio de encuentro para los vecinos, en la militancia social. “Hemos hecho muchas cosas juntos –asevera Sosa–, como arreglar las veredas y otras tareas comunitarias.” Quizá por eso, Ricardo Farías, entrenador de una de las categorías, se emociona cuando habla del club. “Es un sentimiento. Yo laburo en la calle, de cartero. Gano 30 mangos por día, y me voy a todos lados con la camiseta de El Che, y eso que yo no tengo pibes.” Dos minutos después, se rectificará: “Perdón, poné que sí. Tengo ocho, los ocho de mi categoría, y hoy que jugamos de local tengo 150”.
Mamá de cuatro jugadores, Adriana Salazar conoció por el club a muchos vecinos, y también al Che: “Me puse a leer su historia cuando llegué a este lugar, donde todos tenemos voz y voto. Hoy lo admiro, y cuando cierro los sobres con los resultados que se mandan a la liga, donde nos hicieron poner Elche, escribo bien grande: ‘El Che’.”
La meta no está en emular a ningún club de la AFA. Y, según Omar, está puesta en evitarlo: “No soñamos con participar en la AFA, ni nada de eso. Apostamos a que nuestros pibes continúen este trabajo barrial el día de mañana, porque creo que eso les va a doler más a la AFA y a la FIFA que un triunfo de El Che en la Bombonera”.
Día a día, con esa premisa, estudian el modo de crecer sin negociar la esencia que los hizo nacer para transformar la realidad. “Acá ganar o perder es relativo –dice Sosa–, porque nuestros pibes ya perdieron muchas cosas y posiblemente sigan perdiendo posibilidades de estudiar o de trabajar. Entonces, no podemos exigirles que salgan a ganar a una cancha. Salimos a divertirnos y a compartir.” Todo se comparte, desde el cielo hasta el suelo, tierra para los pies que la trabajan. “No sabemos de quién serán las tierras de la canchita, pero la gente del barrio nos respeta el lugar, porque sabe que es un espacio de los pibes.”
La inseguridad también es el tema de cabecera en San Miguel, la menos mediática. “Nuestra inseguridad pasa por no saber si los chicos podrán estudiar. Seguramente a varios les conviene que nuestros pibes no estudien y estén drogados, para poder llevarlos más fácil. Por eso, combatimos contra el paco y la exclusión, pero luchamos contra un sistema ya implantado y eso no es fácil.”
No se trata de concentrar el sacrificio vecinal para alquilarlo en una vidriera publicitaria. Se trata de aumentar la participación, para transformar la sociedad. “En la misma liga, hay otros clubes pobres y cuando alguno no presenta el equipo en alguna categoría, no les cobramos los 30 pesos de multa, porque sabemos lo que cuesta. No queremos arreglar sólo nuestra situación. Si todos estamos bien, el club también va a estar bien”, remarca Sosa.
Con la mirada puesta en la acción comunitaria, hasta el clásico rival, el club vecino que excluyó a los pibes a comienzos del 2002 está incluido en el porvenir que se persigue. “Tratamos de convivir bien, porque al margen de cómo trabajemos en cada club, compartimos un montón de cosas por ser vecinos –asegura Omar–. A veces nos da bronca que se lleven a los mejores jugadores, pero utilizamos los espacios que van quedando libres para incorporar a nuevos pibes que no tendrían lugar en otro club.” A puertas abiertas, a puños cerrados, sigue naciendo El Che, en la búsqueda de San Miguel, en la búsqueda de Omar. “Trabajamos por los chicos y por el Hombre Nuevo del que tanto hablaba Guevara. En cada pibe hay un hombre nuevo. Sólo hay que luchar para sacarlo.”


Por Nacho Levy (de Página12)